Del mérito a la “rosca”: quién gana y quién paga en las organizaciones

La impotencia; común denominador de los endebles, y fuerza acaparadora de quienes ven el prisma de lo injusto. No existe algún otro sentimiento que se atreva a ser metáfora de inmolación, ni otro que ostente ser un trago amargo. Y si bien, el sincretismo es la base de la conjunción de lo paradójico, hay un abismo entre la persona que pretende iniciar la carrera con un Ferrari, y otro con un bote maltrecho: 

“Solo entonces se dio cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre… Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de veinte dólares”

Ningún otro apartado fue tan irritante para Ana Magdalena Bach, o así lo interpretó Gabriel García Marquez entre páginas de “En Agosto Nos Vemos”. Esperemos que la consideración de los lectores sea suficiente para que Gabo no reciba a Gonzalo y Rodrigo con un gesto más afincado a la plana, que a la de un tirón de orejas. Ojalá el amor no se vuelva reaccionario, sino nostalgia.

Y con esa amalgama de sentimientos que desdicen entre personas que ostentan el poder y quienes NO; en el mundo confluyen, aunque desiguales, el acceso de oportunidades con esfuerzo o con ventajas no meritorias, que está vez me gustaría llamarlo por su envilecido talante: Rosca. Y frente a eso, me permitiré mencionar que en base a la confrontación del mérito o el dedo, se dinamiza el mercado laboral.

¿Cómo distinguir mérito de privilegio?

Evidencia de aportes vs. proximidad al poder

Casi siempre se enseña que “todo esfuerzo conlleva una recompensa”, y cómo no, decir lo contrario es un sacrilegio para Dios. Pero nadie se preguntó porque Adán y Eva fueron los únicos humanos que conocieron el Edén, y, cuando menos, Lilith fue la marginada. Casi nadie habla de que la recompensa es cómo un paquete de mensajería que atraviesa el desierto y se puede perder. 

Si me permiten; en el mundo donde el acceso de oportunidades laborales está determinado por la calidad del contacto, la cercanía con el gerente, o la amistad con el político, la frase célebre debería llevar otro apellido: “toda rosca conlleva una oportunidad”; o aun mejor, “el camino al paraíso empieza en el paraíso, no en el infierno”. 

En efecto, todo el sistema de acceso a las oportunidades, no está vinculado al dedo; el mérito sigue siendo – aunque tardío – la alternativa para quienes creen en el camino del justo. Sin embargo, frente a un escenario donde los privilegios se quedan en manos de los holgazanes, o de los profesionales que llevan sus apuntes en una servilleta; al bueno le suceden cosas malas, mientras que el malo se le premia con el pan enviado del cielo.

Si bien, antes que el rechinar de los dientes sea un hábito hasta este punto, deberíamos reflexionar sobre ese informe que no fue entregado a tiempo, sobre ese equipo que no cumplió con los indicadores de producto, sobre los procesos tardíos de esa oficina del sector público, sobre ese compañer@ que es consentido del jefe, sobre el trabajo que significó sacrifico y los créditos fueron de otro; y sobretodo, de ese cantar apocalíptico que con ínfulas de condenación, casi siempre fue el himno de recibimiento:

 

“Vaya buscando otra cosa, acá no pasa nada”

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