Optimista compulsivo vs. pesimista irreverente: lecciones de moderación en la vida laboral

Atizar un abrebocas suele ser atractivo, pues basta con inquietar al lector. Sin lugar a dudas, puede hallarse en una vieja anécdota de las obras de Gabriel García Marquez: “El General en su Laberinto”; y cómo no, si esa disputa entre el General y Diocles Atlantique (El Francés) parecía una tragicomedia. 

El General, que a modestia preguntó cuál era el mejor camino para hacer república, obtuvo la respuesta supremacista del Francés, que de manera llana, no dudó en pronunciar: “El Camino es Europa”. Así, y con rencilla entre los dientes, el General se mofó de las historias más escabrosas de la política europea para decirle:

“No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que han hecho tan mal en dos mil”

De está pintoresca historia, ¿quien resulta optimista? y ¿cual es el pesimista? Estamos en una sociedad afanada por las categorías y los números, que si no existe un aliciente para alguna clasificación, casi que nos vemos colapsados.

La vida laboral entre extremos

En la vida laboral, casi siempre encontramos a personas con esa vocación; unos optimistas y otros pesimistas. Sin embargo, la gran mayoría son como el primero, pues nos resulta difícil desmontar esas cosmovisiones estéticas por el mito de la “obligación” de no ser rechazados.

Un optimista te diría: “dime que lograste, pero no me cuentes las penas que sufriste”, un pesimista te diría: “todas esas penas que sufriste realmente no valen ese logro”. No obstante, el lenguaje suele ser tan discreto que parece que no distinguimos entre el uno y el otro, así que cabe preguntar: ¿Quién es el optimista compulsivo y el pesimista irreverente?

El rol del optimista compulsivo

El optimista compulsivo, suele ser el que matiza su diplomacia con dosis de indiferencia. Casi siempre lo encontramos, cuando habla de crecimiento económico, pero no de distribución; habla de valores y esfuerzos, pero no le interesa saber la historia de cada quien; y habla de “síguelo intentando” cuando ese candidato lleva meses sin acceder a un empleo.

El rol del pesimista irreverente

El pesimista irreverente, por su parte, suele ser dubitativo, pues pareciera tener poco interés en decir lo que piensa, en efecto, por temor a ser rechazado. Casi siempre lo encontramos cuando habla de las calamidades de la vida, habla del camino de la redención mediante un romanticismo de la precariedad, o en su defecto, habla de que al panorama laboral le sobreviene una prospectiva quejumbrosa.

La moderación como clave de equilibrio

Casi nadie puede ponerse el ropaje de uno en especial, porque es probable que en algún momento acudamos a esos dos roles. Dicho así, ¿que podríamos amonestar para tener una vida laboral más práctica?, pues si bien, para esto no existe secreto, si hay una clave que puede darnos orientaciones de forma contundente: La Moderación.

Cabe aclarar, que no es de interés definir: ¿quién es el moderado?, creo que se puede vislumbrar mediante los quehaceres antitéticos de ciertas prácticas laborales: una persona moderada NO le hace perder tiempo y recursos a un candidato que tiene muchos meses desempleado, y al final, le dice no; una persona moderada NO puede estar hablando de valores del trabajo cuando ejerce despotismo contra sus compañeros; una persona moderada NO puede ser quien espera saturar a otros de más trabajo por irresponsabilidad u omisión; y una persona moderada NO puede pretender hablar de apoyo emocional cuando sus condiciones resultan ser más privilegiadas que otros.

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